Oración del corazón. Sábado de la tercera semana del tiempo ordinario, ven espíritu Santo Tú, que eres como un viento divino. Dame la gracia de superar toda timidez y toda cobardía ante la vida de nave de arrojo, de tu impulso, de tu valentía, de tu santo empuje ayúdame a vivir con ganas tras horas de este día, con una esperanza siempre renovada, abierto al misterio de cada jornada. Hoy celebramos a Santa Ángela de Mérici y a San Enrique de Oso y cerbé Yo el Evangelio de San Marcos, capítulo cuatro versículos treinta y cinco al cuarenta y uno. Un día, al atardecer Jesús Vio dijo a sus discípulos vamos a la otra orilla, dejando a la gente. Se lo llevaron en la barca como estaba otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán y las horas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba a popa dormido sobre un almadón. Lo despertaron diciéndole Maestro, no no importa que nos hundamos, y se puso en pie y increpó el viento y le dijo al lago Silencio cállate. El viento cesó y vieron una gran calma y él les dijo por qué sois tan cobardes. Aún no tenéis fe y se quedaron espantados y se decían unos otros, pero quién es éste. Hasta el viento y las aguas le obedecen. El amor de Dios es estable y seguro, como los peñascos rocosos que reparan de la violencia de las olas. Jesús lo manifiesta en el milagro narrado en el Evangelio de hoy, cuando aplaca la Majestad mandando al vientre y al mar pro discípulos tienen miedo porque se dan cuenta de que no pueden con todo ello. Pero él les abre el corazón a la valentía de la fe ante el hombre que grita ya no puedo más. El señor Sarlos encuentro, le ofrece la roca de su amor, la que cada uno puede, a la que cada uno puede agarrarse seguro de que no se caerá. Cuántas veces sentimos que ya no podemos más, pero él está a nuestro lado, con la mano tendida y el corazón abierto. Podemos preguntarnos si hoy estamos firmes en esa roca, que es el amor de Dios, cómo vivimos el amor fiel de Dios. Hacia nosotros siempre existe el riesgo de olvidar ese amor grande que el señor nos ha mostrado. También nosotros, los cristianos, corremos el riesgo de dejarlos, paralizar por los miedos del futuro y de buscar seguridades en cosas que pasan en un modelo de sociedad cerrada que tiende a excluir más que incluir. En esta tierra han crecido tantos santos y beatos que han acogido el amor de Dios y lo han difundido en el mundo santos libres y testarudos sobre las huellas de estos testigos, también nosotros podemos vivir la alegría del Evangelio practicando la misericordia. Podemos compartir las dificas ocultades de mucha gente, de las familias y, en especial, de las más frágiles y marcadas por la crisis económica. Han pasado más de dos mil años desde que Jesucristo fundó la Iglesia. Han pasado más de dos mil años de cristianismo y parece que todo se viene abajo. Parece que las nuevas doctrinas religiosas están tomando el puesto de la Iglesia, Pero no es así. La Iglesia parece naufragar en la tempestad del mundo y en los problemas que se le presentan. Pero cada vez que los hombres dudamos, se alza una voz que parece despertar de un largo sueño. No temáis tened fe y el mar vuelve a la calma. La barca de Pedro sigue su rumbo a través de los años, los siglos y los milenios. Cristo no está tan lejos de nosotros. Duérreme junto al timón, para que cuando nuestra fe desfallezca, cuando estemos tristes y desamparados, él tome el timón de nuestra vida. Además, en el mar de nuestra vida brilla una estrella rerampaguea en el cielo de nuestra alma, que la estrella es maría, para que no perdamos el rumbo, ante las dificultades, preocupaciones y angustias. Digamos la jeculatoria. Jesús en Ti confío? Jesús en Ti confío? Repite? Jesús en Ti, confío por qué tenemos tanto miedo a la vida. El miedo forma parte de nuestra naturaleza, es cierto, y la fe y el miedo están relacionados. El que tiene más fe tiene mes menos miedo. La falta de fe aumenta. El miedo mira al futuro y a lo que no controlamos. Jesús asume nuestros miedos por qué le importan. Le importa todo lo que a mí me pasa. Él solo puede calmar la pentepestad de mi alma, puede cambiar mi miedo en paz si me entrego, si me abandono, a él nos guste o no. El miedo forma parte de la vida humana. Desde niños hemos experimentado te mor que a veces eran infundados y luego desaparecen también en la madurez. Se nos presentan miedos ante situaciones duras, dolor, incomprensión, soledad e incertidumbre, muerte, etcétera, que nos salen al paso y debemos afrontar y superar contando con nuestro esfuerzo y la ayuda de Dios. Pero un discípulo de Cristo no tiene por qué temer, ya que no está solo Dios es un padre amoroso que sí se ocupa hasta en los más pequeños detalles de sus criaturas con mucho amor, con mucha mayor razón, cuidará de sus hijos fieles. La solución es amar. San Juan Apóstol escribe unas palabras que a mí decía San José María, me hieren mucho que o ten timet dicen latín no eres perfectos incaritate y yo lo traduz que añadía San José María. Así casi al piedra de letra. El que tiene miedo no sabe amar, no sabe querer. Luego tú que tienes amor y sabes querer. No, no u o puedes tener miedo a nada adelante es el punto doscientos sesenta de forja. Por consiguiente, decía Benedito dieciséis. El creyente no se susta ante nada, porque sabe que está en las manos de Dios. Sabe que el mal y lo irracional no tiene la última palabra, sino que el único diseñor del mundo y de la vida es Cristo, el verbo de Dios encarnado que nos amuesta sacrificarse a sí mismo muriendo en la cruz por nuestra salvación. Cuanto más creemos en esta intimidad con Dios impregnada de amor, tanto más fácilmente vencemos. Cualquier forma de miedo todavía resuena en muchos corazones, aquel grito de lleno de fe y confianza en Dios que San Juan Pablo II, en la misa, iniciando su putrificado, dijo no temáis abrir más todavía, abrir de par en par las puertas a Cristo, abrid a su potestad salvadora, las confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo. No tengáis miedo seguía diciendo. Cristo conoce lo que hay dentro del hombre. Sólo él lo conoce. Con frecuencia. El hombre actual no sabe lo que lleva dentro en el profundo de su ánimo, de su corazón. Muchas veces se siente inseguro sobre el sentido de su vida en este mundo. Se siente invadido por la duda que se transforma en desesperación. Permitid pues o luego o imploro con humildad y con confianza permitid que Cristo hable al hombre. Sólo él tiene palabras de vida, de vida eterna. Así dijo San Juan Palo II el veintidos de octubre del año setenta y ocho. El apóstol es valiente, atrevido. Tiene la virtud de la audacia que le empuja a afrontar tareas que están n n ns el límite de sus posibilidades. O parece que lo superan. Pero cuando se trata de tareas divinas, la audacia no es temerida, porque no estamos solos. Él obrará. San José María señala lo, señalaría con claridad, Dios y audacia. La audacia no sin prudencia. La audacia no es osadía. Señor, la tormenta más grande que debo combatir diariamente es el pecado. Necesito esforzarme constantemente para no caer en la tentación y decidirme con entusiasmo y confianza a conquistar la santidad mediante la caridad. Por eso te pido que me ayudes a ser perseverante en mis propósitos. Estoy la bendición, que la bondad y la misericordia de Dios te llenen el corazón, que la mirada de amor de Dios, hijo te penetre en tu alma y te purifique de cualquier inquietud y falta que te pueda separar de Dios, que el amor de Dios, Espíritu Santo, te conceda la paz que necesitas, y la terrura de María, madre de Dios y madre nuestra te acaricia y proteja y la fortalece decides al go. Sé, nuestro Padre, señor Te, conduzcan al cielo y la bendición de Dios, padre hijo y espíritu Santo designa sobre ti y te acompañe siempre amén