Oración del corazón martes de la vigésima o cuarta semana del tiempo ordinario. Tú que lo aclaras todo espíritu santo. Tú que me aclaras todo que iluminas todos los caminos para que yo alcance mi ideal. Tú que me das el don divino de perdonar y olvidar el mal que me hacen y que en todos los instantes de mi vida estás conmigo. Quiero, en este corto diálogo, agradecerte por todo y confirmar que nunca quiero separarme de ti por mayor que sea la ilusión y material. Deseo estar contigo y todos mis seres queridos en la gloria perpetuar. Gracias por tu misericordia para conmigo y los míos. Gracias, Dios mío. Hoy celebramos a San Genaro de Nápoles, el Evangelio de San Lucas, Capítulo siete, versículo once al diecisiete. En aquel tiempo iba a Jesús camino de la ciudad llamada nain E. Iban con él sus discípulos y mucho gentío. Cuando estaba cerca de la ciudad, resultó que se acaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda y un gentío considerable de la ciudad lo acompañaba. Al ver al señor le dio lástima y le dijo no llores. Se acercó al altaúd le tocó los que le daban el ansieo y se pararon y dijo muchacho. A Tito lo digo levántate. El muerto se incorporó y empezó a hablar y a Jesús se lo entregó a su madre. Todos sobrecogidos daban gloria a Dios diciendo un gran profeta surgió entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo y la noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Julia. Entera recordad la escena que nos cuenta San Lucas. Cuando Cristo andaba cerca de la ciudad de Naín, Jesús ven la congoja de aquellas personas con las que se cruzaba ocasionalmente podía haber pasado de largo o esperar una llamada una petición, pero ni se va ni espera toda una iniciativa movido por la afisión de una mujer viuda que había perdido lo único que le quedaba a su hijo. El evangelista explica que Jesús se compadeció. Quizás se conmovería también exteriormente, como en la muerte de Lázaro. No era no es Jesucristo insensible ante el padecimiento que nace del amor y se goza en separar a los hijos de los padres. Supera la muerte, perder la vida para que estén cerca a los que se quieren exigiendo antes y a la vez la preeminencia del amor divino que ha de informar la auténtica existencia cristiana. Cristo conoce que le rodea una multitud que permanecerá pasmada ante el milado e irá pregonando el suceso por toda la comarca. Pero el señor no actúa artificialmente para realizar el gesto. Se siente sencillamente afectado y conmovido hasta las lágrimas por el sufrimiento de aquella mujer y no puede dejar de consolarla. En efecto, se acerca a ella y le dijo no llores, que es como darle a entender. No quiero verte en lágrimas, porque yo he venido a traer a tierra el gozo y la paz. Luego tiene lugar el milagro manifestación del poder de Cristo Dios, pero antes fue la conmoción de su alma, manifestación evidente de la ternura del corazón de Cristo hombre. Si no aprendemos de Jesús, no amaremos nunca. Si pensásemos, como algunos que conservan un corazón limpio digno de Dios significa no mezclarlo, no contaminarlo con afectos humanos, entonces el resultado lógico sería hacernos insensibles ante el dolor de los demás. Seríamos capaces sólo de una caridad oficial, seca y sin alma, y no de la verdadera caridad de Jesucristo, que es cariño calor humano. Con esto no doy pie a falsas teorías, que son tristes excusas para desviar los corazones apartándonos de Dios y llevarlos a vanas ocasiones y a la perdición. Si queremos ayudar a los demás, hemos de amarles insisto con un amor que sea comprensión y entrega, afecto y voluntaria humilda. Así entenderemos Por qué el señor decidió resumir toda la vidley con ese doble mandamiento, que es en realidad un mandamiento solo el amor a Dios y el amor al Prójimo. Con todo, nuestro corazón es el corazón del Señor, que tienen tranes de misericordia y que actúa así con los hombres contigo y conmigo. En el Evangelio aparecen tantas situaciones en las que se manifiesta la misericordia y el cariño del Señor. Por ejemplo, cuando abrimos el vastante Evangelio, parecer en su rato de oración, nos encontramos el pasaje evangélico de la pecadora arrepentida que cuenta San Lucas. Comienza el relato con la presentación de los personajes y de la situación. Un fariseo de nombre Simón invita a Jesús un banquete. El señor acepta porque no hace cesión de personas el médico divino que ha venido a curar a los enfermos. Aprovecha todas las ocasiones que se le presentan para hacer el bien, para hablar de su nutria salvífica. Según el reto evangélico, el Fariseo considera Jesús como un maestro, pero duda que sea un profeta. En un momento determinado del banquete, una mujer de la ciudad que denó buena repercución, sabiendo que estaba allí y comiendo con simón, entró en forma a su expresiva y iba directamente a Cristo. Seguramente esta mujer había oído hablar de Jesús y de su misericordia con los pecadores. Ella estaba necesitada de misericordia y, venciendo respetos humanos, se decidió entrar. Quería cambiar de conducta y acudió a Cristo llevando un frasco de alabastro con perfume. Por detrás. Se puso suspiro llorando y comenzó a vallarle los pies con sus lágrimas y los enjugaba con sus cabellos, los besaba y los ungía con el perfume. En aquel encuentro personal con el Maestro dan muestras de arrepentimiento y de contrición, que esto dirá poco después que amó mucho, San Agustín comenta su acción. Primero derramó lágrimas sangre del corazón y lavó con ellas los pies del señor en amorosa prueba de contrición, los limpió con sus cabellos, los socos y los besó, los ungió y callando hablaba su boca. Nada decía, pero cuánta devoción se leía hizo oración a su manera mostró que profesaba Jesús. Una veneración sin límites, se olvida de los demás de de sí solo. No importa Cristo. El poder del arrepentimiento perfecto está atestiguado una sagrada escritura de la pecadora que ungió los dios A Jesús en casa del Fariseo. Le dice Jesús a su afía anterior, por lo cual te digo que le son perdonados con muchos pecados, porque ama mucho, pero a quien poco se le perdona poco. Ama la actitud de la mujer. Sirve al señor para explicar las relaciones entre el perdón y el amor. Las palabras de Cristo dirigidas a Simón el Fariseo que acabamos de leer son la clave. A quien mucho ama, mucho se le perdona y al revés, a quien mucho se le perdona, mucho ama y ahora el comentario de que es de san ambrosio. El señor Amo no l ungüentos, sino el cariño. Agradeció la fe a la bola humilda y tú también, sin desear la gracia aumenta tu amor derrama sobre el cuerpo de Jesús tu fe en la rasurreción el perfume de la Iglesia Santa y el ungüento de la caridad fraterna. Ahora consideremos la actitud del fariso llamado Simón. Este contempla la escena callado y desprecia su interior a la mujer como pecadora. Jesús la ha perdonado y él constituyéndose juez la condena. Piensa que Cristo, del que tanto se viene hablando, no es un verdadero profeta. Si este hombre fuera profeta, sabría que es una mujer mala de mala vida. Se dijo para sí. Pero el señor Leyó su pensamiento demuestra que conoce no sólo el interior de aquella mujer, sino también los pros pensamientos de Simón y aprovecha la ocasión para dar a conocer su doctrina llena de misericordia. Simón. Tengo que decirte una cosa di maestro y comienza a Jesús decir cierto creedor. Tenía dos sudores. Uno le veía quinientos dinarios y ciento cincuenta cómo tenían con qué pagar. Perdonó a los dos la deuda con cuál de ellos le amará más. La comparación que hace al señor es sencilla. Dos personas deben a otras cantidades de diferente. La cantidad mayor es diez veces más que la precardida peor menor. El lenario era el sueldo medio diario. En un trabajador, la pregunta que hacer Cristo es contestada en forma lógica. Por simón el Fariseo responde. Me parece que aquel a quien se perdonó más, el maestro dice has juzgado aceptadamente la parábola aplicada al momento y en las circunstancias en que se había dicho. Es una alabanza de la mujer pecadora y arrepentida y un reproche para Simón. Yo entré en tu casa y no me has dado agua con que lavar mis pies, pero Ir ha bañado a mis pies con sus lágrimas y nos ha sacado con sus cabellos. Tú no me has dado el beso, pero ya desde que llegó, no ha cesado de besarme los pies. Tú no has ungido un corzomo en mi cabeza y ella no ha derramado sobre mis pies. Por todo esto, te digo que se le perdonan muchos pecados, porque ha amado mucho ama menos aquel a quien menos se le perdona. No podemos desconocer la realidad de nuestras faltas. Mientras caminamos por la osa tierra, sentiremos el peso de las propias flaquezas miserias que sanar defectos del carácter faltas de correspondencia a la gracia y lo mismo en la vida interior exterior, y cabría el peligro de achacar esas miserias y sus defectos al ambiente o las circunstancias que rodear nuestra vida o admitirla como algo inevitable, disculpándonos y dudiendo la responsabilidad. De esta manera cerraríamos las puertas al perdón, a la humildad y al encuentro con Dios, como le ocurrió a este fariseo que invitó al señor más que el pecado mismo y rica de ofenda Dios que los pecadores no sientan dolor alguno de sus pecados. La humildad hace ver la gran deuda que tenemos para con Dios y hace sentir el radical y suficiencia humana y la necesidad de pedir perdón a Dios por muchas cosas que no van bien o al menos todo lo bien que deberían ir. Si vivimos así, no habrá lugar para que nos constituyamos en jueces de los defectos de los que nos rodean. Pidamos a Santa María, refugio de los pecadores, que nos ayude a amar mucho a su divino hijo. Te doy la bendición que Dios, padre, te acompañes en tu corazón. Te cuide te haga fuerte, alegre y fiel, que Dios, hijo o te haga sentir su ternura y misericordia. Te quite del corazón cualquier inquietú que te pueda hacer sufrir que Dios, espíritu Santo, te diluces inteligencia, fuerza en el corazón ánimo renovado y decisión de amar con todo el corazón que Mari santísima, te la sentís su calor de madre y su abrazo amoroso y tierno y san José te cuide con su corazón de padre en el nombre del padre y del hijo y del espíritu Santo Amén