Oración del corazón. Domingo de la sexta semana del tiempo ordinario m toma espíritu santo, todos mis orgullos y vanidades y quema todo eso en con tu fuego divino. Dame la sencillez de los santos. Alegría humilde en San Francisco de Asís A generó a generosidad es interesadas de Santa Teresa de Calcuta, el amor a Jesús Eucaristía de San Juan Pablo II, el Afán de Almas de San José María, ven espíritu santo y regálame esa profunda sabiduría de la sencillez interior o y celebramos, además del Domingo la Virgen de Lourdes, el Evangelio de San Marcos. Capítulo uno versículous cuarenta al cuarenta y cinco. En aquel tiempo se acercó a Jesús un leproso suplicándole de rodillas. Si quieres puedes limpiarme sintiendo Lástima, extendió la mano le tocó diciendo quiero queda limpio? La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. Él lo despidió encargándoles o severamente no se lo digas a nadie, pero para que conste vea presentarte al sacerdote y ofrece por tu furificación lo que mandó Moisés. Pero cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente y ningún pueblo se quedaba fuera en descampado y aún así acudían a él de todas partes. Señor si quieres puede ser limpiarme, Jesús, sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo quiero queda limpio? La compasión de Jesús ese padecer con quien lo acercaba a cada persona que sufre Jesús se da completamente. Se involucra en el dolor y la necesidad de la gente, simplemente porque él sabe y quiere padecer con porque tiene un corazón que se no se vergüenza de tener compasión. No podía entrar abiertamente ningún pueblo se quedaba fuera en descampado. Esto significa que, además de curar al leproso, Jesús ha tomado sobre sí la imaginación de que la ley de Moisés que imponía Jesús no tiene miedo al riesgo que supone asumir el sufrimiento del otro, pero paga el precio con todas las consecuencias. El Evangelio no presenta una vez más a uno de sus hombres que se acercó a Jesús para que le curase como los demás. Reconoció en Cristo al Salvador, pasó por su vida y creyó en él como en el único que podía remediar sus males en esta ocasión. Se trata de un leproso. Para Jesús, el caso no presentaba novedad. Lo que sí impresiona es que el leproso se expresa en unos términos inauditos. Si quieres puedes curarme, sería posible que Cristo no quisiese. Si así sucediera, estaríamos perdidos fuera de Cristo. Dónde puedo encontrar la salvación, la salud. El leposo no se presentó con su petición, con las torcidas intenciones de los fariseros. No dijo tú puedes curarme, porque todo te es posible. Y si no me curas, es porque no quieres. Y si no quieres, es que no eres bueno. Y si no eres bueno, cómo haces milagros con el padre de los demonios. Nada de esto dijo. Él conoce a Cristo profundamente. Sabe lo que hay con su corazón. Por eso se arrodilla. Por eso dice si quieres, porque cree plenamente en que Cristo le ama. Creemos nosotros esto de nuestra confianza, depende nuestra curación, comentaba San José María. Así estas palabras de leproso cómo dirigirnos a él, cómo hablarle, cómo comportarse. No se compone de nord barric la vida cristiana, porque el espíritu Santo no no oía las almas en masa, sino que en cada una y funda aquellos propósitos, inspiraciones y afectos que le ayudarán a percibir y a cumplir la voluntad del Padre. Pienso, sin embargo, que en muchas ocasiones, el nervio de nuestro diálogo con Cristo, de la acción de gracias después de la Santa Misa, puede ser la consideración de que el señor es para nosotros rey médico, maestro y amigo es médico y curanos egoísmo si dejamos que su gracia penetre hasta el fondo del alma. Jesús nos ha advertido que la peor enfermedad es la hipocresía. El orgullo que lleva a disimular los propios pecados con el médico. Es imprescindible, una sinceridad absoluta, explicar enteramente la verdad y decir domine si mis potes me mundare. Señor si quieres y tú quieres siempre puedes curarme. Tú conoces mi flaqueza. Siento estos, sí, padezco estas debilidades y le mostramos sencillamente en las sagas y el pus chepus señor Tú, que has curado a tantas almas, haz que al tenerte en mi pecho o al contemplarte en el Sagrario, te reconozca como médico divino, la lepra era y es una enfermedad que a los ojos humanos repele. Por eso el encuentro de Cristo con el leproso es una manifestación de amor a la humanidad herida. Así lo entendió el joven Francisco de Asís, y este encuentro fue un momento esencial de su conversión A Dios lo cuenta uno de sus viagrazos. De esta manera, en un recodo del camino vio Francisco leproso, uno de sus infelices que, por la ruptura total de comunicación entre sanos y contagiados, había sufrido el despojo de todos sus derechos. Al ver acercarse a un jinete, el enfermo agitó su carraca y se puso de cara al viento, como siempre debía hacerle. Al cruzarse con gente saba, Francisco detuvo el caballo. Una voz resonó en su corazón, donde hasta entonces se albergaba el temor y el asco por los leprosos. Una vez una voz perdón que lo susurraba las palabras del profeta Isaías sobre el Salvador Oriente. Era un hombre lleno de dolor, acostumbrado al sufrimiento como alguien que no merece ser visto. Lo despreciamos, no lo tuvimos en cuenta y, sin embargo, él estaba cargado con usos sufrimientos, estaba soportando nuestros propios dolores. Y entonces Francisco bajó de su cabalgadura. Se aproximó al leproso y lo dice Tomás de Celano, su primer biógrafo, superándose a sí mismo. Se llegó a él y le dio un beso, según arra también la biografía. Tiempo después, Francisco se fue a donde los reprosos se hallaban, éstos acogidos en el hospital del San Salvador, entre sís y Santa María de los Ángeles. Allí era hombres que antes movido por la re repugnancia se tapaba la luz. Al divisar de lejos las casetas de los enfermos, empezó a rodearlos de misericordia. Vivía con ellos el altacerano y servía a todos por Dios con extremada delicadeza. Lavaba sus cuerpos infectos y curaba sus ulceras purulentas. El vivo Francisco reconocería más tarde en su testamento que al comienzo le pareció muy amargo ver leprosos. Sólo venciéndose a sí mismo llegó a ser amigo familiar y servido de aquellos hombres y mujeres a quienes en otro tiempo no daba limosa ni sin volver el rostro. El joven Bernardone, hoy conocido como Francisco de Asís, descubrió en su encuento color leproso que lo plenamente humano es amal primero a los que nadie en este mundo quiere amar madre como Lourdes, donde nos alastre, de la gracia, de la conversión a través del agua que cura a nuestras heridas. Ahora tú maría, como manipotencia suplicante, nos animos a pedir, ora hijo, que nos dé el mejor vino, su propia sangre derramada, que nos consigue la salvación quio la bendición que Dios parece acompaña esté en tu corazón. Te cuiden te haga fuerte y alegre y fiel que el Dios hijo te haga sentí su ternura y misericordia y te quite del corazón cualquier inquietú que pueda Hacerte sufrir que Dios, espíritu santo, te debuces en la inteligencia, fuerza en el corazón ánimo renovado y decisión de amar con todo el corazón que varía santísima, te haga sentir su calor de madre y su brazo amoroso y tierno y san José. Te cuide con su corazón de padre. En el nombre del padre y del hijo y del espíritu santo amén