El ciervo y el cazador. Un ciervo bebía en una fuente y se deleitaba contemplando sus hermosos cuernos grandes y largos como las ramas de un árbol, pero quedó decepcionado al comparar su graciosa cornamenta con la extremada delgadez de sus patas. Estaba entretenido con estos pensamientos cuando oyó los gritos de un cazador y los ladridos de los perros ya muy cercanos, pero valiéndose de la ligereza de sus piernas, escapó de sus perseguidores fatalmente al penetrar en un bosque. Sus cuernos se enredaron en la maleza y allí fue apresado por el cazador sin dificultad alguna. Al verse derribado y agonizante, cambió de parecer, alabó sus piernas flacas que de seguro lo hubieran salvado y menosprecio sus cuernos, que siendo su orgullo lo habían perdido, así como en el ciervo de la fábula. Hay muchos hombres que se avergüenzan de sus méritos mientras ostentan con orgullo sus defectos. No te avergüence tu cuna porque es ciega. Por fortuna,