Oración del corazón. Lunes de la vigésima cuarta semana del tiempo ordinario, ven espíritu Santo Tú, que derramas luz para convencer las cosas. Enséñame a reconocer los mensajes de mi vida. A veces, cuando miro hacia atrás, vio los numentos negros y tristes de mi persistencia, pero tal recuerdos que me hace sufrir. Ayúdame a mirar mi historia con otros ojos para que pueda reconocer tu presencia en estos momentos y así descubra lo que has querido enseñarme a través de sus acontecimientos. Hoy celebramos a San José y Copertino, el Evangelio San Lucas, capítulo siete persículos, versículos uno a diez. En aquel tiempo, cuando terminó Jesús hablar a la gente, entró un cafarraún, un centurión tenía enfermo a punto de morir a un criado, a quienes llamaba mucho al ver al oír hablar de Jesús le envió unos ancianos de los judíos para rogarle que fuera a curar a su criado. Ellos presentan montándose a Jesús le rogaban encarecidamente. Merece que se lo concedas, porque tiene afecto a nuestro pueblo y no nos ha construidos la siragoga. Jesús se fue con ellos. No estaba lejos de la casa cuando Centurión le envió unos amigos a decirle, señor no te molestes, no soy yo quién para que entres bajo mi techo. Pero por eso tampoco me cré digno de venir personalmente lino de palabra y mi criado quedará sano, porque yo también tengo vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes y le digo uno ve y va y al otra ven y viene y a mi criado haz esto y lo hace al oír esto, Jesús se admiró de él y volviéndose a la gente que lo seguía, le dijo os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe. Y volviéndose a casa, los enviados encontraron al siervo sano. Os digo que ni Israel he encontrado tanta fe. Qué elogio tan bonito le dedica el señor al centurión, tanto que esa frase ha quedado incluida en la liturgia de la Iglesia antes de recibir a Jese en la Comunión, señor Johns, y dino de que entrese en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme. Esa es la actitud que debemos tener por recibir al señor con fe y devoción. El señor nos pide la fe para que pueda entrar en nuestra casa, porque nuestra vida es vida de fe. El justo vive de la c afirma San Pablo en tres de sus epístolas, garatas, romanos y hebreos, y nuestra conducta tiene que ser coherente con la fe cristiana que profesamos. La epístola a los hebreos sea no tiene, no tiene seguridad de que sea. Sampalo seguramente no es de él, pero a veces se le adjudicado a San Pablo. Morir por la fe es un don para algunos y para todos aquellos que Dios le concede la polva del martillo, pero vivir la fe es una llamada para todos, una fe que debe ejercitarse y poner por ahora, una fe que debe influir en nuestras reactuaciones. Quién aprovecha, hermanos míos, a uno decir yo tengo fe. Si no tiene obras, podrá sabar la fe. La fe si no tiene obras es de suyo muerta. La fe es una virtud sobrenatural que nos le infundió Dios en nuestra alma cuando recibimos el bautismo. Por tanto, agradezcamos a nuestro señor por ese don maravilloso de la fe. Cuántas personas hay en el mundo sin fe, pero la c debe crecer. Hemos de pedir a Dios con humildad, con la misma obsación que emplearon los apóstoles acrecienta nuestra fe. La Reina María Estuardo, reina de Escocia, antes de ser ejecutada en la Torre de Londres por orden de la rien Sabel, primera de Inglaterra, dijo me han despojado de todo mas. No han podido arrancarme dos tesoros, mi fe y la sangre real que corra por mis venas. La fe es el tesoro más grande que tenemos y por eso hemos de poner todos los medios para conservarla y acrecentarla. Hemos de pedir de preferir incluso perder la vida antes que perder la fe. No nos pongamos nunca en peligro de perder la fe. Hay que rechazar con puntitud las tentaciones contra la fe. Si alguna vez el rostro de Jesús se difumina en nuestra vida, si alguna vez os falta incluso la idea de que Dios no existe, preguntaros seriamente si estáis cumpliendo sus mandamientos. No olvidéis que con frecuencia la pérdida de la fe no es un problema intelectual, sino más bien una cuestión de comportamiento. Y recordad que el primer paso para recuperar una fe ciertamente o aparentemente perdida puede ser acudir al sacramento de la penitencia, en el que el mismo Cristo os espera para perdonaros, para abrazaros, para empezar una nueva vida. Qué ocurriría si perdiera la fe? Le preguntaron en una ocasión a un médico católico, practicante fe del servicio de nurugia, neurocirugía de un hospital infantil y y dijo esto. Si no tienes c sobre todo en el ambiente de que me hubiesen vuelvo la vida, no tendría sentido. Mi vida es muy dura por el trato continuo con los enfermos. Veo todos los días a gente que se está muriendo o pero muchos niños y en los niños, por desgracia, la mayoría de los rumores son malignos y sé que se van a morir. Tratar a esos pequeños y hablar con los padres que, a lo mejor sólo tienen a ese hijo es imposible si no tienes c en algo. Si yo no tuviera esa fe, si no hubiera algo más, no tendría sentido la vida. Sin fe. No se comprende el valor del dolor, del sufrimiento, ni la vida ni la muerte. Sin fe no hay luz, no hay esperanza. Hasta aquí el testimonio una persona sin fe, pero ket estaba acercándose a Jesús, a la Iglesia y tener deseos de conocer a fondo a Jesucristo. Comentó a un sacerdote lo que dijo su madre que eratea cuando él era pequeño mira. Después de la muerte. Le dijo su madre una cajita tierra encima y nada más. Qué significa para usted sufrimiento. Le preguntaron una vez a la Teresa de Calcuta y respondió con mucha avisosa natural. Nuestros sufrimientos son caricias bondadosas de Dios, llamándonos para que nos volvamos a él y para hacernos reconocer que no somos nosotros los que controlamos nuestra vida, sino que es Dios quien tiene el control y podemos confiar plenamente en él. Vamos nuestra fe, manifestándo nuestra fe con la santidad de vida, con la limpieza de costumbres y con la escrupulosaservancia de las leyes de Dios y de la Iglesia, que la fe sea, de nuestra fe, sea una fe operativa. Quien cuya en la vida cotidiana consurgencias constantes, fe en Dios y en su poder, no les abrevia tamons domine no se ha hecho más corta la mano de Dios. No es menos poderoso Dios hoy que en otras épocas, ni menos el verdadero su amor por los hombres. Y esta fe nos llevará a pedir a Dios en nuestra oración con confianza, porque sabemos que Dios, todopoderoso, quiere nuestro bien c en su misericordia. Cuando acudimos a la confesión, hacemos un acto de fe, porque creemos que Dios, a través el sacerdote, nos perdona los pecados y otro acto de fe cuando comulgamos fe la iglesia fundada por Cristo, único camino de salvación que nos transmite la verdad revelada por Dios y poneos a disposición los medios de la santificación. La vida de c tiene sus características. Debe ser la fe oberiente como la del ciego de nacimiento que narra San Juan. Diciendo esto, escupió en el suelo, hizo un joselio, un poco de fango y un fangolos. Untó fango en los ojos y le dijo vete lávate a la piscina de héroe que quiere decir enviado. Y fue pues y se lavó y volvió con vista. Puso por obra. El mandato de Dios también ha de ser una hacer sacrificada, como la Bartimeo. Cuando oyó que Risto le llamaba, arrojó su manto y saltándose llegó a Jesús para llegar a caza Cristo. Es preciso el sacrificio y también fue humilde, como lo de la homorroisa. Sólo una fe humilde permite que miremos con visión sobrenatural y la fe de nuestra madre. La Virgen María vio en su hijo recién nacido e indefenso el acua de Belén y lo creyó creador del mundo. Lo vio huyendo del rey Herodes y no dejó de creer que Jesús era el rey de Reyes. Lo vio nacer en el tiempo y no dudó de su eternidad. Lo contempló pobre, necesitado de alimento y de vestido y lo reconoció como el señor del Universo. Lo vio débil, tendido en heleno y tuvo fe en su omnipotencia. Observó su mudez y creyó que era albergó del padre. La misma sabiduría increada. Lo sintió llorar y creyó que era la alegría del paraíso lo vio crucificado en INSS y creyó siempre que era dios o. Tuvo muerto sus brazos y no dudó de la resurrección. Santa María permaneció siempre firme en la fe. Terminamos su oración con una súplica madre rogar a tu hijo para que creciente nuestra fe, te di la bendición. Que señor esté en tu corazón para que sepas amar con todo él, que estén tus labios para que hables con fuerza y fe de su resurrección, que esté en tus brazos para que trabaje sin descanso por amor a él y, por es ender, su reino, que esté en tus pies para que camines por enteros de paz, que señor Te mostrará, que esté en tu vida limpia para que tus ojos vean a Jesús en los demás, que esté en tu alegría para que no la pierdas nunca, aunque motivos tengas y puedas garrar a los demás en el nombre del padre y del hijo y del espíritu santo Amén